Fue Arturo Pérez Reverte quien dijo en un artículo de opinión, hace cosa de un año, que “cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desaparecido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muertes súbitas o las desgracias inesperadas. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca.”
Lamentablemente ésta es una sensación que no solo tuvo este escritor allá por abril del pasado año, y que plasmó en un sugerente artículo titulado Sin pudor. En él, dicho sea de paso, es cierto que se dicen muchas verdades. Tal vez a servidor le gustaría quedarse con esta elocuente expresión: “Ahora hablamos de crisis cada día. Hasta los putos políticos y las putas políticas, que no es lo mismo que políticas putas, ahórrenme las putas cartas, lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario. En todo caso, una cosa es manejar estadísticas; y otra, pisar la calle y haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien se parase ante el escaparate, se animara y entrase a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro, la familia.”.
Es una sensación sin duda cruel, terrible. Una sensación que acaba con los sueños de muchas personas; con los sueños de aquellos que un día abrieron un negocio con toda su ilusión, pero sobretodo con todo el esfuerzo del mundo. A pesar que ello supusiera no disfrutar de buenos ratos con la familia; a pesar que ello supusiera que no podías descansar ni un domingo; a pesar que, en definitiva, lo pusieras todo en el negocio con un único objetivo: subsistir dignamente cada día.
Es cierto que comenzar un negocio en plena crisis es casi una aventura, una odisea cuyo futuro es tan incierto como el del final de esta mal llamada crisis económica-financiera (mal llamada porque casi podríamos decir que se trata de una crisis general del propio sistema en el que estamos inmersos, y del que solo se han aprovechado unos pocos…).
Pero mientras un negocio quiebra, a pesar que sostenga a cientos de familias cada día, a los bancos se les conceden ayudas con dinero público a por doquier. A los bancos que, en definitiva, no son más que empresas privadas que no tienen reparos en perseguir –a veces ilegalmente- a esas mismas familias que se han quedado sin trabajo porque la compañía en la que trabajaban las han echado. A esas mismas familias que ya no reciben un puto euro en concepto de ayuda por parte de las Administraciones. A esas mismas familias que, a decir verdad, el Gobierno en general y las Administraciones en particular han dejado de lado cuando se han visto en la calle porque ese Banco que ahora recibe ayudas con dinero público de todos los ciudadanos las han echado de su casa (perdón, de la casa del banco).
¿A dónde vamos a llegar? Lamentablemente ni se sabe. A día de hoy casi podemos creer cualquier cosa. Y lo que es aún peor, aquellos que supuestamente nos representan, no lo hacen desde hace muchísimo tiempo. Desde que la política se ha convertido en un negocio, en una auténtica repostería monetaria cuyo pastel sólo disfrutan unos pocos, en detrimento de lo más elemental: los derechos de los ciudadanos. Desde que, a fin de cuentas, la política se ha convertido en un auténtico circo en el que ya no se sabe quién es el payaso, quién es el mono que roba los plátanos y quién es el burro… Para muestra: el Congreso de los Diputados.
…Y luego dirán que no hay que reformar la política y el concepto que muchos “políticos” tienen de ella.
Comentarios recientes